Ciudades que funcionan como Amazon

¿Cómo sería vivir en una urbe gestionada como si fuera Google, Bitcoin, Ikea o Tinder? Esa es la pregunta de la que parte el libro How to run cities like Amazon and other fables.

La publicación, disponible online, utiliza la ciencia ficción para imaginar cómo sería un urbanismo que siguiera el funcionamiento de las empresas más exitosas del mundo. El libro nace como respuesta a un artículo escrito en 2018 bajo el título Cities should act more like Amazon to better serve their citizens, escrito por Stephen Goldsmith (ex-teniente alcalde de Nueva York) y Neil Kleiman (director de NYU/Wagner Innovation labs).

A lo largo de 39 narraciones, los diferentes autores y autoras imaginan los futuros que resultarían de trasladar esos modelos de negocio a la ciudad en sí. Muchos de los cuentos dibujan escenarios distópicos, aunque las situaciones no están tan alejadas de la realidad. Es el caso, por ejemplo, de la ciudad Easyjet, donde se ofertan pisos muy baratos por tiempo limitado, pero sus habitantes deben pagar suplementos por extras tan básicos como tener una cocina o usar el ascensor.

Otra de las historias habla de la comunidad Jobstown, una urbanización exclusiva en la cual los habitantes comparten todos sus datos a cambio de disponer de una gran experiencia de inquilino. Las Mac Houses, dirigidas por inteligencias artificiales, se rigen por una gestión cerrada y solo funcionan con las aplicaciones que han sido aprobadas por la empresa. Especialmente inquietante es el mundo bajo el modelo Bitcoin, donde la protagonista trabaja girando una manivela para generar electricidad, a cambio de criptomonedas que constantemente fluctúan de valor, en función de la confianza.

El libro se enmarca en el proyecto the Programmable City, una investigación sobre cómo las tecnologías digitales están transformando la forma en que gestionamos, trabajamos y vivimos en la ciudad (el proyecto ya finalizó pero todos los contenidos generados están disponibles en su web).

El objetivo de las narraciones que recoge el libro es utilizar la ficción para mostrar las consecuencias de trasladar modelos empresariales a la forma en que las urbes ofrecen sus servicios a la ciudadanía. Tal y como explica en el prólogo Rob Kitchin, investigador principal en The Programmable Cities, en la forma de construir ciudad se está extendiendo la idea del “emprendimiento urbano”, un enfoque que “considera la ciudadanía como consumidora, con la autonomía para elegir entre una oferta de servicios públicos en función de sus deseos y su poder adquisitivo”.

Imagen de The Programmable City.

El término smart city se ha extendido desde hace varios años como la aplicación de una capa digital al espacio urbano. Los vehículos, edificios, redes eléctricas y, sobre todo, personas conectadas generan ingentes cantidades de datos y su análisis ofrece innegables beneficios para gestionar mejor la ciudad. Estas tecnologías permiten desarrollar sistemas de movilidad y transporte más inteligente y sostenible, así como infraestructuras energéticas mejor gestionadas y servicios urbanos más eficientes, gracias a la combinación de datos procedentes de la ciudadanía, sensores y algoritmos capaces de establecer patrones.

Pero, tal y como afirma Rob Kitchin en el artículo The ethics of smart cities, estas ciudades inteligentes despiertan cuestiones éticas, especialmente en el ámbito de la privacidad, en la medida en que utilizan tecnologías cerradas y no permiten a la ciudadanía tener el control de sus propios datos. Estos modelos de ciudades digitales top-down presentan el peligro de agrandar las brechas en el acceso a los servicios y priorizar intereses que no son los de la ciudadanía, como los de las propias empresas tecnológicas proveedoras.

Imagen de Cities for Digital Rights.

Como respuesta a este prototipo de smart city, existen numerosos proyectos que defienden otro modelo de ciudad inteligente, donde las tecnologías estén al servicio de las personas, y no al revés. Uno de ellos es Cities for Digital Rights, una coalición lanzada por Amsterdam, Barcelona y Nueva York con el apoyo de UN-Habitat y redes de gobiernos locales. A día de hoy, la iniciativa suma 45 ciudades, firmantes de una declaración para defender los derechos humanos digitales. El manifiesto destaca, sobre todo, la necesidad de garantizar un acceso universal y equitativo a Internet, el control de la ciudadanía sobre sus propios datos y la transparencia, permitiendo a las personas acceder y participar en el diseño de las tecnologías que van a impactar en sus vidas.

Enlazada con esta propuesta, Barcelona tiene en marcha el proyecto Digital City Iniciative, que engloba diferentes actuaciones municipales enfocadas a construir una ciudad inteligente inclusiva y participativa. Uno de sus proyectos clave es la plataforma Decidim, desarrollada para permitir la realización de consultas y procesos participativos ciudadanos, así como el kit Estándares éticos digitales, un conjunto de herramientas en código abierto dirigidas a los gobiernos municipales para que desarrollen políticas digitales centradas en las personas.

Imagen de Ethical Digital Standards.

Este tipo de proyectos se sitúan en las antípodas de lo que podría ser una ciudad gestionada como un marketplace, en la medida en que la prioridad no es conseguir ofertar servicios eficientes y personalizados al menor coste económico posible. En estas iniciativas, el enfoque consiste en utilizar las tecnologías como herramientas para empoderar a la ciudadanía, a través de sistemas de participación accesibles, una mayor transparencia en cómo se toman las decisiones y unos principios éticos en relación a la privacidad y el uso de los datos personales.


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